El trabajo infantil en la provincia de Salta constituye una problemática de peso, ya que existen múltiples sospechas de ramas de la producción que usan a los niños como trabajadores. En entrevista con InfoUniversidades el doctor Jorge Paz, responsable del IELDE (Instituto de Estudios Laborales y del Desarrollo Económico) que funciona en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNSA, explica los puntos relevantes de este problema.
En la Universidad se realizan varios estudios en relación al trabajo infantil. En esta entrevista, el doctor Paz habla de las ramas del trabajo en las que participan niños y de las consecuencias nocivas que traen aparejadas para los chicos, entre otros aspectos del problema.
-Generalmente cuando se habla de trabajo infantil es difícil acceder a datos fiables. ¿Existen estadísticas sobre el trabajo infantil a nivel provincial y nacional?
-Los datos más recientes sobre el trabajo infantil provienen de la Encuesta sobre Actividades económicas de niños, niñas y adolescentes en la Argentina, que se hizo en 2004 y que constituye la primera específica realizada en nuestro país. El área de cobertura abarca el Gran Buenos Aires (GBA), la provincia de Mendoza, el NEA (Salta, Jujuy y Tucumán) y el NOA (Formosa y Chaco). Las regiones seleccionadas fueron estimadas como prioritarias por sus niveles de pobreza o por la extensión de economías informales y formas de contratación laboral de base familiar.
-¿Qué comparación se puede establecer en términos cualitativos y cuantitativos del trabajo infantil, en la ciudad y en el campo, a nivel provincial y nacional?
-No tenemos datos a nivel provincial porque la Encuesta no es representativa de la provincia. Sería necesario realizar, como lo hizo Córdoba en 2006, una encuesta provincial. A nivel nacional, los niños que trabajan participan en casi todos los tipos de rama: agricultura, industria, minería, construcción, trabajo doméstico, comercio, servicios, explotación sexual y comercio de droga. En el ámbito rural, de acuerdo a datos aportados por la Unión Argentina de Trabajadores Rurales (UATRE), las cosechas de tabaco, algodón, cebolla y aceitunas son las que tienen mayor participación de niñas y niños. También cumplen tareas en la siembra, desmalezamiento, recolección de frutas y verduras, recolección y desgrane del maíz, pastoreo y ordeñe de animales. Además del perjuicio ocasionado por la labor en sí misma, sufren consecuencias derivadas del uso y manipulación de productos agroquímicos, cuyos efectos se sienten a corto y largo plazo. En los sectores urbanos, las niñas y los niños realizan diversos trabajos en pequeños comercios como camareros, ayudantes de cocina, reparto de alimentos a domicilio; en la vía pública con reparto de volantes en la calle, venta de flores, lapiceras, estampitas, etc. Esto último los expone a diversos riesgos, a ser utilizados en algunas de las denominadas peores formas: oferta y producción de pornografía, prostitución, tráfico de estupefacientes, etc.
-¿Existe algún tipo de sueldo? ¿Cómo es el pago?
-“Sueldo” es una palabra que tiene una connotación legal muy precisa. Como el trabajo infantil está prohibido, los ingresos que obtienen los menores por sus actividades no pueden llamarse “sueldo”. Obtienen ingresos de las actividades que detallé. Lo que puede verse según los datos de Argentina es que estos ingresos son muy bajos e insuficientes, además, son muy discontinuos. Quizás hoy sí cobren, mañana no y pasado no se sabe. En todo caso podría decirse que lo que ganan hace más rentable la actividad de los adultos que por lo general está por detrás de los niños. Algunos programas orientados a la erradicación del trabajo infantil calculan el valor de estos ingresos para proporcionar planes que operen como sustitutos de los ingresos de los niños en el hogar. Con el trabajo a temprana edad, los niños caen en la trampa intergeneracional de pobreza. Estos programas están pensados para que se les permita escapar de esa trampa.
-¿Qué problemas físicos y psicológicos genera el trabajo infantil en los niños?
-Son muchos y voy a mencionar sólo algunos. La incorporación precoz al trabajo origina desgastes orgánicos y aparición temprana de patologías crónicas. Sucede incluso cuando se realizan tareas ligeras, si se las lleva a cabo antes de la edad apropiada o durante un número de horas excesivo. Esto genera limitaciones para el desempeño laboral en la edad adulta. Los principales problemas de salud que pueden ser causados por el trabajo precoz son: fatiga excesiva provocada por largas jornadas de trabajo, esfuerzo físico y horarios indebidos; irritabilidad, pérdida auditiva por exposición a ruidos excesivos; contracturas musculares, problemas posturales por esfuerzos excesivos y movimientos repetitivos; deformaciones óseas por carga de peso y posturas inadecuadas, dolores de columna, dolores de cabeza, dolores musculares, inflamación de los tendones por el esfuerzo excesivo y repetitivo de dedos, manos y brazos. Además, puede aumentar la incidencia de enfermedades respiratorias (como bronquitis, neumonías, rinitis, faringitis, intoxicaciones) debido a la inhalación de productos tóxicos; o disturbios digestivos en función de alimentación inadecuada; o pérdida de la alegría natural de la infancia: las niñas y los niños se tornan tristes, desconfiados, amedrentados, poco sociables.
-¿Cuáles serían las medidas a tomar en forma urgente para terminar con este problema?
-Nuestros estudios arrojan que una medida eficaz sería la de implementar doble jornada en las escuelas públicas y de aumentar la oferta de jardines materno-infantiles (nivel preescolar). Todavía es muy prematuro hacer sugerencias de política. Comenzamos a trabajar hace muy poco en el tema.
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jueves, 2 de septiembre de 2010
jueves, 26 de agosto de 2010
La mala educación genera pobreza
Por Manuel Mora y Araujo
Sociologo
Suele decirse que cuando las cosas andan bien es tiempo de ocuparse de los problemas de fondo más importantes, porque cuando las cosas están mal lo prioritario es lo urgente y lo de fondo es relegado. Sin embargo, cuando las cosas están difíciles tal vez es un buen momento para atacar también los problemas de fondo, aunque no sean los más urgentes. En medio de una crisis, los responsables deben buscar remedios inmediatos; pero alguien, también, tiene que pensar qué hacer para evitar que la crisis se repita.
Suele decirse que cuando las cosas andan bien es tiempo de ocuparse de los problemas de fondo más importantes, porque cuando las cosas están mal lo prioritario es lo urgente y lo de fondo es relegado. Sin embargo, cuando las cosas están difíciles tal vez es un buen momento para atacar también los problemas de fondo, aunque no sean los más urgentes. En medio de una crisis, los responsables deben buscar remedios inmediatos; pero alguien, también, tiene que pensar qué hacer para evitar que la crisis se repita.
La Argentina arrastra desde hace tiempo dos problemas de fondo: la baja competitividad de su economía y la enorme proporción de personas muy pobres y marginales. Creo que se trata de un solo problema con dos caras: la economía no puede ser muy competitiva si dos tercios de la población están por debajo de los estándares medios de productividad y capacidad individual del mundo actual; y las personas que están aún más abajo en esos términos, quienes carecen de toda calificación y todo conocimiento, no pueden sino ser pobres y, lo que es peor, no pueden sino estar condenados a seguir siendo pobres.
Siempre es posible aplicar parches a la baja competitividad de muchas empresas y a la pobreza extrema de muchas personas. Pero para atacar esos problemas de fondo el camino es la educación.
Uno de los factores más importantes que explican por qué la Argentina tuvo un desarrollo social destacado hasta mediados del siglo XX es que, desde fines del siglo XIX, tuvo un sistema de educación que funcionó. En pocas décadas, la escuela pública acompañó el crecimiento de la economía motorizado por la producción agropecuaria. La educación facilitó la emergencia de una clase media y una clase trabajadora urbanas con las calificaciones necesarias para las exigencias de la época. La Argentina alcanzó indicadores educativos superiores a los de cualquier otro país de habla hispana.
La educación es siempre una fábrica de personas con conocimientos pero es también una fuente de expectativas y aspiraciones sociales. Así fue en la Argentina de aquellas décadas de alto crecimiento económico. Cuando el crecimiento de la economía se desaceleró fuertemente a partir de la década del 30 pero la expansión educacional no se detuvo, las aspiraciones continuaron creciendo. En los años del gobierno de Perón, por ejemplo, la matrícula en la enseñanza secundaria prácticamente se duplicó, además del alto crecimiento de la enseñanza técnica y profesional. En los años siguientes el mayor crecimiento fue el de la matrícula universitaria. Las consecuencias no fueron menores. Con una economía creciendo poco, y a veces nada, se generó un exceso de demandas ocupacionales por parte de personas que aspiraban a un trabajo acorde a su educación, por encima de las posibilidades de satisfacer esas aspiraciones y, después, demandas políticas que tampoco se satisfacían.
Las consecuencias fueron una presión social por ocupaciones de clase media que llevó en varias provincias a la expansión del empleo público, y procesos políticos que llevaron a muchas personas de formación superior a cuestionar el sistema institucional por distintas vías. Eso, a su vez, contribuyó a un progresivo deterioro de la calidad educativa, que se hizo sentir particularmente en la educación primaria disponible para las clases bajas y en la educación secundaria en general.
El mundo sigue cambiando. La humanidad entró a una era de globalización, cambios tecnológicos constantes y proliferación de los conocimientos. Los estándares de competitividad que rigen en el mundo en esta era plantean nuevas exigencias laborales. Algunos sectores de las clases medias y también de la clase obrera pueden satisfacer esas exigencias porque disponen de una educación acorde a ellas o de las aptitudes para adaptarse. Pero otros no pueden, porque la educación que han recibido es insuficiente. El impacto de la globalización sobre nuestro país es dual: por un lado facilita la modernización productiva de muchas industrias, por otro lado destruye o amenaza destruir a muchas otras. En el balance, durante los años 90, aunque la economía creció, el desempleo aumentó dramáticamente, y en la presente década el desempleo ha descendido notablemente pero eso a costa de salarios reales bajos y subsidios altos. El saldo más negativo recae sobre la clase media con educación de mala calidad.
La educación y los conocimientos disponibles son hoy una línea divisoria de la sociedad; de hecho, esos factores han partido a la clase media en dos. Para decirlo en forma sucinta: la distribución del conocimiento en la sociedad es más desigual, y más desintegradora que la distribución de la riqueza.
La prioridad es empezar a mejorar el sistema de educación. Por supuesto, el problema no se agota en eso; pero sin esa condición es difícil imaginar soluciones. La clave no es cuántos años de educación formal alcanzan las personas, ya que en muchos casos aun asistiendo a la escuela no aprenden nada. En general, la clase media y obrera urbanas tiene acceso a una educación primaria razonable; en cambio, las clases bajas generalmente no lo tienen –aun más, muchos niños pobres no van a la escuela y muchos otros sólo encuentran en ella contención y alimentación, no educación propiamente dicha–. El nivel secundario se ha deteriorado prácticamente para todos. La educación técnica fue casi desmantelada años atrás y ahora hay una modesta pero importante recuperación. En la educación superior hay de todo y quienes buscan aprender en ese nivel normalmente pueden hacerlo; pero en muchísimos casos lo cierto es que es posible pasar por ella y salir con un título bajo el brazo sin haber aprendido nada.
No hay prioridad ni urgencia del momento que justifique no empezar a recorrer el camino para mejorar nuestra educación desde su raíz. Los países que han encarado ese camino se están destacando en el mundo de hoy, del mismo modo que la Argentina se destacó en el mundo de hace un siglo.
Sociologo
Suele decirse que cuando las cosas andan bien es tiempo de ocuparse de los problemas de fondo más importantes, porque cuando las cosas están mal lo prioritario es lo urgente y lo de fondo es relegado. Sin embargo, cuando las cosas están difíciles tal vez es un buen momento para atacar también los problemas de fondo, aunque no sean los más urgentes. En medio de una crisis, los responsables deben buscar remedios inmediatos; pero alguien, también, tiene que pensar qué hacer para evitar que la crisis se repita.
Suele decirse que cuando las cosas andan bien es tiempo de ocuparse de los problemas de fondo más importantes, porque cuando las cosas están mal lo prioritario es lo urgente y lo de fondo es relegado. Sin embargo, cuando las cosas están difíciles tal vez es un buen momento para atacar también los problemas de fondo, aunque no sean los más urgentes. En medio de una crisis, los responsables deben buscar remedios inmediatos; pero alguien, también, tiene que pensar qué hacer para evitar que la crisis se repita.
La Argentina arrastra desde hace tiempo dos problemas de fondo: la baja competitividad de su economía y la enorme proporción de personas muy pobres y marginales. Creo que se trata de un solo problema con dos caras: la economía no puede ser muy competitiva si dos tercios de la población están por debajo de los estándares medios de productividad y capacidad individual del mundo actual; y las personas que están aún más abajo en esos términos, quienes carecen de toda calificación y todo conocimiento, no pueden sino ser pobres y, lo que es peor, no pueden sino estar condenados a seguir siendo pobres.
Siempre es posible aplicar parches a la baja competitividad de muchas empresas y a la pobreza extrema de muchas personas. Pero para atacar esos problemas de fondo el camino es la educación.
Uno de los factores más importantes que explican por qué la Argentina tuvo un desarrollo social destacado hasta mediados del siglo XX es que, desde fines del siglo XIX, tuvo un sistema de educación que funcionó. En pocas décadas, la escuela pública acompañó el crecimiento de la economía motorizado por la producción agropecuaria. La educación facilitó la emergencia de una clase media y una clase trabajadora urbanas con las calificaciones necesarias para las exigencias de la época. La Argentina alcanzó indicadores educativos superiores a los de cualquier otro país de habla hispana.
La educación es siempre una fábrica de personas con conocimientos pero es también una fuente de expectativas y aspiraciones sociales. Así fue en la Argentina de aquellas décadas de alto crecimiento económico. Cuando el crecimiento de la economía se desaceleró fuertemente a partir de la década del 30 pero la expansión educacional no se detuvo, las aspiraciones continuaron creciendo. En los años del gobierno de Perón, por ejemplo, la matrícula en la enseñanza secundaria prácticamente se duplicó, además del alto crecimiento de la enseñanza técnica y profesional. En los años siguientes el mayor crecimiento fue el de la matrícula universitaria. Las consecuencias no fueron menores. Con una economía creciendo poco, y a veces nada, se generó un exceso de demandas ocupacionales por parte de personas que aspiraban a un trabajo acorde a su educación, por encima de las posibilidades de satisfacer esas aspiraciones y, después, demandas políticas que tampoco se satisfacían.
Las consecuencias fueron una presión social por ocupaciones de clase media que llevó en varias provincias a la expansión del empleo público, y procesos políticos que llevaron a muchas personas de formación superior a cuestionar el sistema institucional por distintas vías. Eso, a su vez, contribuyó a un progresivo deterioro de la calidad educativa, que se hizo sentir particularmente en la educación primaria disponible para las clases bajas y en la educación secundaria en general.
El mundo sigue cambiando. La humanidad entró a una era de globalización, cambios tecnológicos constantes y proliferación de los conocimientos. Los estándares de competitividad que rigen en el mundo en esta era plantean nuevas exigencias laborales. Algunos sectores de las clases medias y también de la clase obrera pueden satisfacer esas exigencias porque disponen de una educación acorde a ellas o de las aptitudes para adaptarse. Pero otros no pueden, porque la educación que han recibido es insuficiente. El impacto de la globalización sobre nuestro país es dual: por un lado facilita la modernización productiva de muchas industrias, por otro lado destruye o amenaza destruir a muchas otras. En el balance, durante los años 90, aunque la economía creció, el desempleo aumentó dramáticamente, y en la presente década el desempleo ha descendido notablemente pero eso a costa de salarios reales bajos y subsidios altos. El saldo más negativo recae sobre la clase media con educación de mala calidad.
La educación y los conocimientos disponibles son hoy una línea divisoria de la sociedad; de hecho, esos factores han partido a la clase media en dos. Para decirlo en forma sucinta: la distribución del conocimiento en la sociedad es más desigual, y más desintegradora que la distribución de la riqueza.
La prioridad es empezar a mejorar el sistema de educación. Por supuesto, el problema no se agota en eso; pero sin esa condición es difícil imaginar soluciones. La clave no es cuántos años de educación formal alcanzan las personas, ya que en muchos casos aun asistiendo a la escuela no aprenden nada. En general, la clase media y obrera urbanas tiene acceso a una educación primaria razonable; en cambio, las clases bajas generalmente no lo tienen –aun más, muchos niños pobres no van a la escuela y muchos otros sólo encuentran en ella contención y alimentación, no educación propiamente dicha–. El nivel secundario se ha deteriorado prácticamente para todos. La educación técnica fue casi desmantelada años atrás y ahora hay una modesta pero importante recuperación. En la educación superior hay de todo y quienes buscan aprender en ese nivel normalmente pueden hacerlo; pero en muchísimos casos lo cierto es que es posible pasar por ella y salir con un título bajo el brazo sin haber aprendido nada.
No hay prioridad ni urgencia del momento que justifique no empezar a recorrer el camino para mejorar nuestra educación desde su raíz. Los países que han encarado ese camino se están destacando en el mundo de hoy, del mismo modo que la Argentina se destacó en el mundo de hace un siglo.
miércoles, 25 de agosto de 2010
“Parte de la clase política genera la pobreza y luego reparte las migajas”
Por Norberto Alayón
Usted rechaza el asistencialismo, pero defiende una dimensión asistencial dentro del campo del Trabajo Social…Lo que planteo, repito y revalorizo es la dimensión asistencial. No el asistencialismo. El asistencialismo sí entraña una perspectiva de transferencia muy escasa de recursos, pero fundamentalmente el mantenimiento de una relación de dependencia y patronazgo en relación a la gente con la que se trabaja. En cambio, la asistencia, que es un derecho, implica un modo de política social reparatoria, pero que también se enmarca en el plano de los derechos. Por eso promuevo la asistencia y no el asistencialismo.
Como académico esta es su punta de lanza, pero autoridades políticas se reconocen orgullosos como asistencialistas…..
Si, también he observado esta cuestión. Los discursos de los políticos no son compatibles con los de la Academia. Este error evidencia que no hay un conocimiento de la temática. El concepto es la dimensión asistencial. El derecho de la gente a que si no pueden tener otras instancias de derecho a un empleo, a un salario digno o a políticas sociales universales, si no logran esto, por lo menos que exista una dimensión asistencial que atienda o repare los derechos de los ciudadanos. Esto no es asistencialismo, pero sí contiene una dimensión asistencial.
Robert Castel, sociólogo francés, dice que la suerte del pobre está echada antes de nacer. Usted lo ha recordado y lo tiene presente. ¿La clave del trabajo social es la prevención?
Lamentablemente, con mucha frecuencia se trabaja con situaciones terminales en las que la problemática social ya se desencadenó. Nosotros reivindicamos que desde las medidas políticas y económicas se trabaje por prevenir que los problemas sociales lleguen a desencadenarse, porque es mucho más difícil trabajar así. Además del dolor de las personas afectadas. Ciertas políticas, anticipadamente, condenan a vastos sectores de la población, que van a tener problemas. Ahí, ya estamos fregados. Es como si en vez de vacunar contra una enfermedad determinada, esperas a que la enfermedad se produzca, después habrá más sufrimiento y será más difícil de parar.
En los casos terminales hay que asistir y los recursos se utilizan aquí. ¿Faltan recursos para la prevención?
Ah, claro. Cierta parte de la clase política no acaba de comprender la importancia de la prevención. Los políticos muchas veces juegan con la lógica de los resultados inmediatos y a veces da más resultados electorales el asistencialismo directo y no una medida de largo alcance, como una política de Estado que prevenga la aparición de problemas. Debería haber una política social de carácter anticipado y no generar la pobreza y luego repartir las migajas. Hay un refranero español importante que dice que “el Señor Don Juan de Robres, con caridad sin igual, quiso hacer este hospital y primero hizo los pobres”. Estamos activamente en contra de eso. Primero hay que evitar los pobres y luego quizás no necesitemos el hospital.
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